Inicio de las colecciones



La colección arqueológica del actual Museo de Antropología tiene una historia que se remonta a 1790. El 13 de agosto de ese año se realizó el descubrimiento fortuito de la monumental escultura de la Coatlicue,   durante  los trabajos de nivelación de la Plaza Mayor de la Ciudad, ordenados por el Virrey Conde de Revillagigedo. También por disposición del funcionario, el monumento fue enviado al edificio de la Real y Pontificia Universidad de México para su resguardo (fig. 1). En diciembre de ese año, salió a la luz la Piedra del Sol; debido al interés despertado por la escultura, las autoridades de la Catedral solicitaron al gobierno virreinal les permitiera instalarla en el muro de la torre poniente para la admiración del público. En 1791 se encontró la Piedra de Tízoc y la cabeza de una serpiente Xiuhcóatl. Ambas piezas también fueron enviadas a la Universidad de México (fig. 2).

  • I1
    Fig.1
    Patio de la Real y Pontificia Universidad de México, al fondo a la izquierda se encuentra la Coatlicue. Óleo sobre tela. Autor: Pedro Gualdi. Mediados del siglo XIX. Col. Galerías la Granja. 
    Fotografía del libro de Miguel Ángel Fernández, Historia de los museos de México.
  • I2
    Fig.2
    La Piedra del Sol colocada a un lado de la catedral. Litografía de Murguía.
    Fotografía: Fondo fotográfico “Museo Nacional de México”, Archivo Histórico del MNA- Proyecto de Digitalización de las ColeccionesArqueológicas del MNA, CONACULTA-INAH-CANON. Reprografía digital por Luis Ricardo Escobio Delgado

Entonces germinó el interés por proteger y conocer el significado de los objetos de origen prehispánico, considerados ya como bienes culturales. No hay que olvidar que a inicios del siglo XVIII, Europa experimentó una etapa fundamental para su historia cultural: la Ilustración. Las ideas de ese movimiento llegaron a la Península Ibérica e influyeron en el gobierno Borbón. Éste creó en 1750 las disposiciones legislativas conocidas como “Reformas Borbónicas”, que si bien tenían un cariz meramente económico (aumentar el control de las riquezas extraídas de las colonias americanas), destacaron por cimentarse en el pensamiento ilustrado, que fomentaba la curiosidad por los monumentos antiguos y los consideraba testimonios de un pasado histórico y artístico de gran valor. Esos aires de cambio llegaron a América y sembraron en los intelectuales novohispanos el interés por las culturas indígenas, tal como sucedió con Antonio de León y Gama, quien estudió el monolito de la Coatlicue y la “Piedra del Sol”. Ciertamente sus motivaciones fueron científicas y estéticas, pero también políticas, pues se estaban gestando los principios de una nueva identidad nacional de la cual el pasado prehispánico sería una parte integral.

Después del movimiento independentista, durante el breve gobierno imperial de Agustín de Iturbide se dieron los primeros pasos para formar el Conservatorio de Antigüedades; sin embargo, la turbulenta vida política del país impidió que el proyecto llegara a buen término. Tres años después, en 1825, durante la presidencia de Guadalupe Victoria se anunció la creación del Museo Nacional. La colección inicial de ese recinto, con sede en el edificio de la Universidad, se formó (además del monolito de la Coatlicue y la Piedra del Sol) con piezas de cerámica procedentes de la Isla de Sacrificios, objetos recuperados en los viajes realizados por el explorador Guillermo Dupaix y las “antigüedades” acumuladas por algunos miembros de la élite de la antigua Nueva España, entre los que se encontraban el Conde de Peñasco y el Conde de la Cortina.

La colección comenzó a crecer de manera paulatina gracias a los diversos descubrimientos que se hacían a lo largo y ancho del territorio. Desde fines del siglo XVIII se había intensificado en el extranjero el interés por las culturas perdidas de México. Los mayas fueron uno de los pueblos que más llamó la atención de viajeros y estudiosos, esto provocó que personasde diversas nacionalidades vinieran al país, buscando y recorriendo las ciudades ocultas bajo la selva. Los dibujos y fotografías elaboradas por gente como: Frederick Catherwood, Desiré de Charnay, Teobert Maler y Alfred Maudslay, así como sus publicaciones, aumentaron el interés por los pueblos prehispánicos.

Fue en la década de 1830 cuando la institución del museo se formalizó a instancias de Lucas Alamán, un erudito y político muy importante de aquel periodo, quien formó una Junta Directiva y brindó carácter legal a las funciones del recinto. Hacia 1841 destacaban entre las piezas del museo: la Piedra de Tízoc, la Coatlicue, la escultura llamada Indio triste (recientemente adquirida), la gran cabeza de la diosa Coyolxauhqui, algunas figuras de Ehécatl, la figura Perro mudo (representación mítica del Ahuízotl) y varias esculturas de serpientes emplumadas. A ellas fueron añadidos códices y manuscritos que pertenecieron a la colección de Lorenzo Boturini. Existen referencias de las donaciones de los habitantes de la ciudad, pero a falta de un registro formal, es muy difícil identificar las piezas que se adquirieron.

En 1856, el director del museo, José Fernando Ramírez, publicó una descripción de las piezas principales. Junto con las ya mencionadas para 1841, se señalan la Lápida conmemorativa del Templo Mayor, la Atadura de años de Dos Caña y un Anillo de juego de pelota de guerrero decapitado. El artículo detalla 42 objetos.

El patrimonio arqueológico y etnográfico que resguarda el Museo Nacional de Antropología cuenta con valiosos objetos que representan un inagotable caudal de historias, ello nos permite conocer una variedad de aspectos de la vida de los pueblos que los crearon, de los individuos que las han investigado y custodiado durante años.

Bibliografía citada

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