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Hace 50 años, un jueves 17 de septiembre de 1964, se inauguró el edificio que hoy alberga las colecciones arqueológicas y etnográficas del Museo Nacional de Antropología. Resulta difícil trazar con claridad la frontera que marca el inicio de una institución como ésta, cuyas raíces se desvanecen en el tiempo al igual que la historia del coleccionismo, con el cual se encuentra estrechamente vinculada.

Lo que sí resulta claro es que la práctica de buscar y coleccionar objetos es muy antigua. Conviene recordar que hacia 1850 se descubrió en Tebas un documento al que se conoce como Papiro Amherst, actualmente resguardado en la Pierpont Morgan Library de Nueva York. Se trata de un manuscrito de carácter jurídico asentado en el año 1126 a. C. en el que se narra el saqueo de algunas tumbas egipcias durante el reinado de Ramsés IX, cuyos objetos fueron vendidos como reliquias o curiosidades. Esa práctica también ha sido documentada para el México antiguo. Algunas inscripciones mayas del periodo Clásico registran que algunos soberanos abrían las tumbas de sus ancestros reales. Tal es el caso de Taj Chan Ahk, divino señor de Cancuen y Machaquilá, quien en el año 799 d. C. “visitó” la tumba de Chan Ahk Wi para conmemorar su entronización (que había ocurrido hacía poco más de 120 años) y de alguna manera legitimar su propio ascenso al trono. Otro caso interesante quedó registrado en la Estela H de Copán, en la cual se consignó que el gobernante Waxaklajuun Ub’aah Kawil “descendió”, alrededor del año 730 d. C., a la tumba del ancestro B’uutz Chan, fallecido unos 100 años antes, quizás para redepositar o teñir con cinabrio las reliquias de tan singular personaje. Para el caso del Altiplano Central, las excavaciones realizadas en el Templo Mayor de Tenochtitlán revelaron diversas ofrendas mexicas que contenían objetos olmecas y teotihuacanos que pudieron haberse obtenido mediante tributación, intercambio o saqueo de antiguos asentamientos (muchos de los cuales ya en aquella época habían sido abandonados y sólo permanecían sus ruinas). Asimismo, las exploraciones en el Templo de Quetzalcóatl, en Teotihuacán, dejaron al descubierto un túnel de saqueo realizado por los mexicas.  

Quizás uno de los casos más polémicos en el ámbito de la arqueología mesoamericana es el descubrimiento de una cabecita romana en el sitio de Calixtlahuaca. En 1933, José García Payón descubrió la cabeza de una figurilla bajo dos pisos sellados y su hallazgo no fue publicado sino hasta 1961. Algunos especialistas sostienen que pudo haberse manufacturado alrededor del año 200 d. C., durante la dinastía fundada por Lucius Septimus Severus. Aun así, ignoramos la manera en que llegó a este contexto, pese a las distintas y encontradas opiniones vertidas al respecto. Así de complejas pero a la vez interesantes resultan las colecciones que llegan a los museos.

En esta entrega de la Revista del MNA no pretendemos desarrollar una detallada y erudita mirada de la conformación de las colecciones que se fueron integrando a los museos durante el siglo XVIII ni de su compleja relación con el surgimiento y consolidación de los estados nacionales, temas sobre los que hay una amplia bibliografía que puede ser consultada por el interesado. Lo que motiva la inserción de los siete artículos de esta entrega es una reflexión sobre la creación de una serie de museos vinculados al estudio del mundo maya. Para ello propusimos a los autores tratar la temática a partir de tres líneas: caracterizar el contexto histórico que favoreció la creación del museo en su ámbito local o regional, perfilar a los actores que participaron en su creación y el papel que desempeñaban dentro de su propia comunidad, y finalmente, conocer la manera en que fueron integradas las colecciones que conformaron el acervo de cada uno de esos museos. Conviene agregar que existe una cuarta aproximación a la temática general, que agrega aspectos relevantes de la historia de los museos. Bajo esa óptica, tratamos de incluir los museos más representativos del mundo maya.

Marco Antonio Carvajal analiza la problemática campechana desde las primeras colecciones documentadas (de mediados del siglo XIX), cuya tradición se fincó en el prestigio social y económico de sus poseedores, lo que a la postre favoreció el saqueo de numerosos asentamientos prehispánicos. El autor deja en claro que la sociedad campechana de aquellos años difícilmente pudo haberse identificado con la retórica de la identidad regional o nacional, y que, por el contrario, amplió las diferencias que promovieron la construcción de una república independiente.

Marlon Escamilla nos conduce, desde la perspectiva propuesta por Benedict Anderson de sobre la construcción de comunidades imaginadas, por el camino que los intelectuales salvadoreños siguieron para cohesionar aquella sociedad durante la segunda mitad del siglo XIX, camino que pasó por la creación del Museo Nacional de El Salvador, cuyo primer director fue el médico David Joaquín Guzmán.

Héctor L. Escobedo presenta una apretada síntesis del Museo Nacional de Arqueología y Etnología de Guatemala y ofrece los resultados de una mesa redonda que tuvo como propósito generar un diagnóstico para reestructurar la relación del museo con su comunidad académica, entre ellos, la necesidad de que el museo contribuya a la divulgación del patrimonio arqueológico y etnográfico, además de apoyar el desarrollo de proyectos de investigación. Quizás resulte oportuno señalar, en cuanto a la difusión del patrimonio arqueológico, que desde 1987 ese museo ha sido la sede del Simposio de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala. Este año, dicho encuentro celebró su vigésima octava reunión, a la cual acudieron renombrados investigadores de todo el mundo.

Siguiendo con la construcción de la concepción patrimonial, Lowe y Sellen nos sumergen en las conformaciones locales de esas comunidades, tanto de sus integrantes como de las influencias a las que estuvieron expuestas en diversos periodos y que de alguna manera fueron reconocidas e incorporadas en sus propias trayectorias. Lowe relata íntegramente la historia Museo Regional de Arqueología e Historia de Chiapas desde su creación. En su recorrido nos acerca a los primeros esbozos del coleccionismo chiapaneco, resultado de la curiosidad de viajeros y exploradores, y luego a su apropiación por parte de los habitantes locales y al reconocimiento de su importancia por parte del estamento intelectual. Esos primeros protocolos de coleccionismos reflejan una dinámica de rescate del identitario regional a la cual actualmente se suman las expresiones contemporáneas de las diversas tradiciones locales, que reinventan ese espacio con una nueva mirada patrimonial.

Por otra parte, Adam Sellen nos sumerge en el mundo privado de los primeros acopios de Yucatán y los personajes que forjaron la concepción de patrimonio y su resguardo institucional en la península. Nos muestra a los actores que concatenaron proyectos intelectuales, políticos e identitarios locales y cómo desafortunadamente muchas de las colecciones de la región tuvieron un destino fallido en el centro del país o el extranjero debido a la turbulenta historia de la península durante gran parte del siglo XIX.

En el artículo de Mejía nos adentramos en la definición y constitución del concepto “patrimonio cultural” en diferentes escalas que permiten observar nuestras realidades y cómo éstas son atravesadas por las posturas teóricas que han deliberado sobre el concepto. Aquí el autor describe la incorporación de la inmaterialidad y los sentidos en los atributos simbólicos del concepto, gracias a lo cual entendemos su amplitud y transformaciones en el tiempo. Las dimensiones materiales y simbólicas de su propia naturaleza terminológica nos recuerdan las valoraciones emocionales de los primeros exploradores y sus percepciones paisajísticas, sus primeras propuestas de lecturas simbólicas de los lugares visitados y la imposibilidad de desprendernos de su materialidad inmediata: el objeto. Es muy interesante ver en este artículo cómo en el caso hondureño la intangibilidad y el mundo simbólico fueron parte de una propuesta programática de políticas culturales. El enfoque constructivista de Mejía nos permite ver al patrimonio en una relación comunitaria, identitaria y afectiva.

Por último, el arqueólogo Daniel Juárez expone con el recurso de la crónica los primeros 50 años del Museo Nacional de Antropología retomando el sentido de salvación, o mejor dicho de reivindicación de estas primeras relatorías, para entonces analizar el trasfondo político, ideológico y cultural que rodeo este periodo de su historia. El autor periodiza acertadamente el rumbo tomado por el museo en construcción. Las ideas e imaginarios que empaparon esa historia reflejan cuantiosas estrategias, planes programáticos e ideales imperativos, en una época en que la restitución y conexión con el pasado prehispánico modelaba el México del futuro.