Los baúles de Choapan

Por: Elizabeth Snoddy Cuéllar y Arq. Luis Fernando Rodríguez Lazcano

(Publicado previamente en: Kop Jansen, Dorus y Edward K. de Bock (editores), 2003 Colecciones Latinoamericanas. Latin American Collections. Essays in Honour of Ted J.J. Leyenaar. Editorial Tetl, Leiden)

Un trabajo mexicano en madera verdaderamente espectacular es el llamado "baúl de Choapan". Hermosamente incrustado, el baúl matrimonial luce en muchas casas elegantes tanto en México como en el extranjero. En tiempos pasados formó parte muy importante de las pertenencias de las jóvenes parejas de esposados en la Sierra de Oaxaca. Asimismo, jugó un papel primordial en la larga ceremonia que culmina en el casamiento.

En Choapan, cuando el padre decidía que su hijo debía casarse (hasta muy poco, los jóvenes no tenían palabra en el asunto y a menudo ni se conocían, según relata la mujer más vieja de la población), se iniciaba una larga serie de preparativos: primero, el padre y el hijo, acompañados por otros "principales", acuden a la casa de la muchacha para pedir su mano. Si la familia acepta, recibe el primer regalo ritual: una taza de chocolate. Si la muchacha bebe siquiera un sorbo, esto significa que la propuesta ha sido aceptada.

Después viene la ceremonia del guajolote: los padres del muchacho invitan a los vecinos a la casa de la muchacha en una fecha determinada. Los invitados traen regalos, como huipiles, telas, canastas y dinero, y la cantidad de cada regalo debe ser solemnemente anunciada a la concurrencia en el momento de la entrega. En reciprocidad, cada invitado lleva a casa un regalo obsequiado por la familia de la novia, usualmente un plato de guisado de guajolote.

Durante la ceremonia ocurre la parte más interesante para nosotros: el padre de la novia le obsequia su dote, que consiste en un baúl y un metate. Los regalos en efectivo se cuentan, se amarraran en un pañuelo y se colocan junto con los otros obsequios dentro del baúl. Éste se cierra con llave. La llave es entregada al padre del novio para que la guarde hasta el día de la boda. Ese día, los novios se trasladan a la casa de los padres del novio a vivir con ellos hasta que éstos mueran. Todos estos preparativos duraban un año -o a veces varios años-, antes de la boda, especialmente si la pareja era muy joven.

A la familia del novio le tocaba pagar la fiesta. Si tenía recursos, se servía mole con arroz y frijoles, y si no, “amarillo de cazuela”, platillo a base de cerdo cocinado con bolas de masa quebrajada agria, condimentada con cebollino, ajo y hierba santa, envueltas en hoja de puñete. El día después de la boda, la sábana de la cama matrimonial debía ser colgada para exhibirla; si tenía manchas de sangre, la fiesta continuaba hasta el día siguiente, si no, terminaba rápidamente ("cazuela desfondada" se carcajeó nuestra anciana de Choapan).

El baúl jugaba un importante papel no sólo en Choapan, sino en otros lugares también. Por ejemplo, la antropóloga Elsie Clews Parsons habla de una fiesta de bodas en Mitla, donde el padrino de la novia bailaba con el baúl atado a su espalda. Los invitados tenían que cuidarse para no ser golpeados por las esquinas del baúl mientras bailaban (1936:109). En el Valle de Oaxaca, el baúl tiene una función similar a la que tiene en Choapan, salvo que no es el padre quien lo obsequia a su hija, sino el padrino de bautizo quien regala el baúl a su ahijada.

Entre los muebles populares de México, el baúl o arcón es el que más comúnmente se encuentra en casa de casi todos los campesinos. Su diseño es sencillo y su fabricación, de bajo costo. El baúl es muy versátil y útil; además, como casi siempre se coloca sobre una base, queda a salvo de la humedad y de los animales. Es ideal para guardar los tesoros de la familia -sus santos más venerados, sus joyas, papeles importantes y fotografías- o, puesto en la recámara, la ropa. A veces también se guardan en el baúl los huevos y los frijoles (de suma importancia para la familia), junto con las servilletas bordadas en las que envuelven las tortillas. Además, como es el único lugar de la casa que puede cerrarse con llave, el dinero suele depositarse en él.

En su libro sobre la herrería de Oaxaca, Enrique Cervantes menciona los distintos tipos de baúles que se elaboraran en este estado: "estas cajas de variado ornamento, ricamente labradas o sencillas, según la capacidad económica y categoría social de los nuevos esposos. Dichas cajas, construidas con gruesos tablones de cedro, muchas de ellas con tapas de una sola pieza, estaban finamente labradas, incrustadas y bruñidas; taraceadas y adornadas con infinidad de combinaciones, todas de más o menos mérito" (1950:VI).

El baúl ha tenido una gran relevancia desde tiempos muy antiguos. En la historia del mueble, "desde sus más remotos orígenes el mueble ha señalado una tendencia claramente definida hacia cuatro tipos elementales el mueble para descansar, la silla y sus múltiples variantes; el mueble para dormir, la cama; el mueble para poner algo encima, la mesa; y el mueble para guardar algo dentro, el baúl, la caja, el armario" (Verrié, 1954:7).

Entre 1575 y 1075 antes de Cristo, los egipcios ya utilizaban el machihembrado en sus cajas, donde guardaban toda clase de objetos. Los griegos y los romanos también contaban con arcones y, en la Edad Media (500 a 1400 d. C.), el baúl era el más común y práctico de los muebles, pues no solo servía para almacenar toda tipo de efectos personales, sino que se usaba también como asiento, cama o mesa. Desde tiempo inmemorial, el baúl se empleó como caja fuerte.

Durante el Renacimiento, Italia hizo una aportación fundamental a la historia del mueble: el baúl matrimonial. Los más finos y hermosos fueron decorados por los mejores artistas de la Época, como Botticelli, Donatello y Pollaiuolo (Raynsford, 1975:10-18).

En España, "muchas veces estos muebles van muy ornamentados con el sentido oriental de "horror al vacío"; de cubrirlo todo con elementos decorativos, y lo más sencillo era acudir a temas geométricos: círculos que contienen rosetas cuyos pétalos son segmentos de círculos, cuadrículas y cruces. Rara vez se acude a la fauna y la flora locales sino a animales heráldicos, como leones estilizados que parecen perros de aguas, águilas bicéfalas o pavos reales. Es muy frecuente situar estas bestias enfrentadas, separadas por un elemento cualquiera como un jarrón de flores, siguiendo una viejísima tradición persa. También la flora suele ser fantástica: floripondios en forma de rosácea o de piña; racimos de elementos florales" (Lozaya, 1972:378).

Los pueblos indígenas de la era precolombina colocaban en cajas de piedra o madera las ofrendas a sus dioses o sus muertos. Saville nos dice: "En conexión con las ceremonias de matrimonio, Camargo escribe que entre los objetos obsequiados por los familiares a la nueva pareja estaban los baúles de madera para guardar ropa". En los palacios de Moctezuma también los españoles vieron cajas y baúles de madera con tapas que abrían y cerraban como los baúles de hoy. Eran enormes; pues algunos medían casi veinticinco metros de largo y para los españoles semejaban casas. Existían también otras cajas llamadas quauhpetlalcalli (de quauitl, madera; petatl, petate; calli, casa) en las que Cortés envió a España los primeros regalos, producto del botín de la conquista (1925:27-28).

Lo que sabemos de los baúles de Choapan en la Ciudad de México, el resto del país y en el extranjero, nos ha llegado por medio de Jerónimo Quero, arriero oriundo del pueblo de Mitla. Quero pasó la mayor parte de su vida viajando e intercambiando productos del Valle de Oaxaca por el café de las sierras zapoteca, chinanteca y mixe. En aquel entonces residían en Mitla numerosos comerciantes, prácticamente los únicos forasteros que comerciaban en la sierra (Schmeider, 1930:74). Quero comenzó a salir con su padre cuando tenía apenas 10 años (cerca de 1939), por lo que conocía bien a la gente de la región. Cuando se iniciaron en el comercio, los Quero sólo contaban con dos burros, así como mecapales para llevar la carga sobre las espaldas; sin embargo, a la vuelta de los años llegaron a tener una caravana de18 mulas, que tienen la ventaja de poder cargar pesos mayores.

En 1958 o 1959, cuando el antiguo Museo de Antropología, aún se encontraba en la calle de Moneda, Quero estaba de visita en la ciudad de México en la casa de un paisano suyo, quien lo llevó a conocer la ciudad. Al final de su recorrido, como todavía les quedaba un poco de tiempo, decidieron visitar el museo. Allí Quero se sorprendió de ver exhibidos objetos que para él eran de lo más común, como el enredo de lana roja, teñida con cochinilla, típico de Mitla. Al comentar a su paisano que él encontraba objetos de este tipo con mucha frecuencia, un miembro del personal del museo lo oyó y lo llevó con Luis Aveleira Arroyo de Anda, director del Museo en aquella época (1956-1960), quien le prometió que el museo le compraría cualquier pieza interesante que pudiera conseguir.

Este fue el inicio de un nuevo giro en la carrera comercial de Jerónimo Quero, quien, en vez de sólo café, comenzó a buscar toda clase de objetos usados por la gente en su vida cotidiana, tales como el traje típico de los indígenas de la región, las cruces triples de plata (la llamada cruz de Yalalag, que probablemente se originó en Choapan), los collares de vidrio, los estribos y, por supuesto, los baúles de Choapan. Al mismo tiempo, desarrolló un interés en saber cómo se utilizaban los objetos que recolectaba y en las creencias y costumbres de la gente. Quero pasaba esta información al museo y la creciente clientela que peregrinaba constantemente hasta sus puertas en Mitla.

La ruta que Quero, como los demás mitleños, seguía en su búsqueda ahora no sólo de café sino también de piezas para el museo, iba de Mitla a Yalalag (tres días), y de allí hasta Choapan (otros tres días), pasando por los pueblos de Latani, Lalana, El Arenal y Montenegro. Los comerciantes hacían este largo recorrido y solo regresaban a Mitla después de haber vendido toda su mercancía y haber cargado sus bestias con café.

En ese tiempo, había una ruta compuesta por tres tramos distintos, que bajaba desde Choapan hasta la costa del Golfo de México. Por ella llegaban hasta Veracruz las maderas duras de Oaxaca que se enviaban a la Habana para ser utilizadas en la construcción de navíos. Los tres tramos llegaban hasta los poblados de Playa Vicente, Tuxtepec y San Juan Evangelista, donde la madera se almacenaba en grandes bodegas propiedad de los hijos de los grandes comerciantes de Tlacotalpan, Veracruz. Desde estos puntos de acopio, la madera era transportada hasta el Golfo, primero en botes que bajaban por pequeños ríos y después, en buques de vapor que navegaban por el gran Papaloapan que serpentea hasta Tlacotalpan hacia el Golfo. Finalmente, en Veracruz, la madera era trasladada a los barcos que la llevaría hasta la Habana (Arq. Aguirre Tinoco, comunicación personal).

Esta ruta, que comunicaba Veracruz con la capital del Estado de Oaxaca desde los tiempos coloniales, pasaba por Choapan. Por tanto, es lógico pensar que por el pueblo pasaron muchos cargamentos provenientes de Europa, algunos seguramente empacados en baúles. Es posible que éstos hayan dejado una profunda huella en los baúles fabricados en Choapan, que tan importantes han sido en las tradiciones matrimoniales de toda la región, hasta el Valle de Oaxaca.

Quero estima que a través de los años recolectó y vendió entre 180 y 190 baúles. Lo que sí es cierto es que peinó la región a conciencia, cosa que uno de los autores (Cuéllar) tuvo la oportunidad de constatar allá por el año de 1972. En aquella ocasión viajó a Choapan en una de las pequeñas avionetas que entonces comunicaban el pueblo con la ciudad de Oaxaca. Al llegar allí, se dedicó a ir de casa en casa preguntando por cruces, huipiles de "trama envolvente", antiguamente usados en Choapan, o baúles, pero la respuesta invariablemente era "Ya no hay. El Sr. Quero estuvo aquí".

El trayecto para llegar a Choapan ahora es totalmente distinto. La población es cabecera del distrito del mismo nombre y se encuentra a 220 kilómetros al nororiente de la ciudad de Oaxaca, en la parte de la Sierra de Oaxaca denominada Escudo Mixteco. Antes de los años 1980, cuando se inició el camino que ahora llega al pueblo, la forma más conveniente de llegar era en avioneta. Actualmente, una parte del camino está pavimentada. Desde Ayutla en la sierra mixe sube un camino de terracería que las comunidades mixes mantienen, debido a esto la pista de aterrizaje ha desaparecido. En esta ruta hay camiones de segunda clase que hacen dos recorridos diarios, pasando por todas las poblaciones entre Oaxaca y Choapan.

El camino por esta zona montañosa sube y baja innumerables veces, por lo que la vegetación cambia en forma constante desde la flora tropical con grandes helechos, plátanos y orquídeas en las partes bajas, hasta las altas espesuras de pinos y cedros, pasando por los bosques de altura intermedia cuyos árboles protegen las plantas de café. Y dispersos por todo el paisaje se observan nacimientos de agua, pequeñas cascadas y arroyos de aguas purísimas.

Dejando atrás la región mixe, se llega al distrito de Choapan, zona habitada por los zapotecos. Según los datos estadísticos, éstos constituían la mayoría en el distrito hasta principios de este siglo. En la actualidad, la población parece ser más bien mestiza, pues se habla el castellano y rara vez se encuentra quien hable zapoteco. Situado a 840 metros sobre el nivel del mar, el pueblo de Choapan tiene cerca de 4,000 habitantes. Como está enclavado en la ladera de un cerro, se encuentra muy expuesto al viento, que a menudo hace levantar las láminas galvanizadas que cubren las casas de adobe, tablas o piedra.

Según los autores, los baúles fueron traídos a Mitla a lomo de mulas, pero Quero asegura que éstos son demasiado grandes para haber pasado por las angostas veredas de la sierra. Y es verdad que la mayoría de los baúles miden entre 87 y 103 cm de largo, por 50 a 55 cm de ancho. Las bases en que se colocan los baúles también son grandes.1 Así pues, cada baúl haya sido bajado de la sierra en la espalda de un cargador mixe, colgado de un mecapal colocado en la frente de éste. Los mixes eran los cargadores humanos de la zona, en donde los caminos se hacían según la costumbre indígena, en línea recta casi vertical por los costados de las montañas. Transitar por ellos resultaba muy difícil para los animales de carga. Por esa razón, los mixes desde su infancia estaban acostumbrados a llevar pesadas cargas (Schmeider, 1930:73-74; Enrique Audifred, comunicación personal). Los autores pesaron un baúl y encontraron que pesaba 28 kilos; la base pesaba 7 kilos, dando esto un total de 35 kilos. Incluso si el cargador hubiese cargado sólo el baúl (y tal vez su hijo, la base), 28 kilos es bastante peso para traerlo cargado por la sierra durante los cinco días que tardaban en llegar a Mitla.

Los autores preguntaron a Quero cuánto ganaban los mixes por este trabajo y éste respondió que se les pagaba la cantidad de cinco pesos por día (cinco pesos de aquel entonces equivalen a 40 centavos de dólar). También le preguntaron si de regreso a casa los mixes llevaban mercancía para vender, a lo que respondió que no, que los 50 pesos que les pagaban por la ida y vuelta del viaje no eran suficientes para comprar mercancía para vender; lo que hacían era comprar productos para el hogar -sal, panela, azúcar, harina para tortillas y unos cuantos kilos de maíz si había escasez-.

Al igual que los comerciantes zapotecas, cuando los mixes viajaban, llevaban enormes totopos de Oaxaca para comer en el camino; en el trayecto compraban frijol, chayotes, papa y mezcal. Cortaban tejipilote (el tierno corazón de carrizo de monte), y cuando pasaban un río, pescaban. Siempre viajaban en grupo para acompañarse y protegerse durante las largas y, a veces, peligrosas jornadas.

Esta era la manera tradicional de viajar en Mesoamérica, una región en la que, hasta la conquista española, el comercio se realizó sin bestias de carga y sin la rueda. Leemos en Sahagún que "para conducir las mercancías a tierras lejanas, se juntaban muchos que pudiesen mutuamente socorrer en el camino; cada cual tomaba su petlacalli o talscalli , como lo llaman en Oaxaca, para llevarlo en las espaldas colgado de la cabeza por medio de una cuerda" (1955:212-213).

Una de las muchas interrogantes que los autores no han podido contestar a satisfacción es quienes fabricaron los baúles de Choapan. En el censo de 1895 sólo se registran seis carpinteros en todo el distrito de Choapan, y en 1900 sólo tres, todos en la cabecera de Santiago Choapan. Cabe preguntar cómo es posible que tan pocos carpinteros hayan construido tantos baúles. Quero compró baúles (todos presumiblemente fabricados en Choapan) en muchos poblados y rancherías. Lo más probable es que los padres de las novias que los recibieron hayan ido hasta Choapan a encargarlos. Quero adquirió baúles en los pueblos de Betaza, San Andres Yaá, Lalana, Latani, Lachita, San Juan Yalahui y Lachixova. Latani queda cerca de Choapan, pero la gente de los otros poblados habría tenido que recorrer un largo camino para llegar hasta ahí.

En el informe que redactó sobre la región chinanteca de Oaxaca en 1938, Bernard Bevan dice haber visto en las casas pequeños baúles de madera "diseñados según los antiguos baúles españoles de viaje". En su opinión, estos estaban demasiado bien hechos para ser obra de los chinantecos, y especuló que como “ Choapan fue antiguamente notorio por sus baúles de madera, es posible que todos provengan de esta población" (1938:79). Los autores revisaron toda la bibliografía citada por Bevan y no encontraron referencia alguna a Choapan. Irmgard Weitlaner-Johnson, quien junto con su padre, Roberto Weitlaner, acompañó a Bevan en el largo viaje por la sierra chinanteca, no recuerda que éste haya mencionado los baúles de Choapan (Johnson, comunicación personal).

Cuando los autores preguntaron en Choapan por qué, pese a que había una gran demanda de baúles en las regiones aledañas, éstos sólo se habían fabricado en ese lugar, la respuesta fue: "Porque aquí crece mucho cedro rojo". A fin de confirmar si los baúles en realidad estaban hechos de cedro rojo (dado que ya no tienen olor de cedro), los autores llevaron muestras de sus dos baúles al Instituto de Biología de la UNAM, donde les hicieron el gran favor de estudiarlos a fondo. Los resultados constataron que los baúles son de cedro rojo (Cedrela odorata) (León y Barajas, 1998).

Aún queda por establecer la época en que se confeccionaron los baúles. Quero afirma que hace ya muchos años que se dejaron de fabricar los maravillosos baúles incrustados; según los vecinos de Choapan, el último se elaboró quizá en la década de 1920. Tampoco se sabe cuándo se inició la fabricación de baúles; sólo se sabe que el padre de Quero, Joaquín Quero, nacido en 1898, afirmó que su padre Fructosio se mandó hacer un baúl en Choapan.

Con base en un estudio de los baúles que los autores conocen en la Ciudad de México y de fotografías de otros muchos que se encontraron amontonados para su venta en el patio de la casa de Quero (realizadas por Bodil Christensen e Irmgard Weitlaner-Johnson alrededor de 1960), es posible agruparlos según su probable fabricante. Sin embargo, algunos baúles no presentan las mismas características que los demás. Unos tienen incrustaciones sencillas y otros, muy complicadas; puede ser que estas diferencias se deban a la habilidad de los carpinteros, al perfeccionamiento de sus técnicas a través de los años o a los recursos económicos del cliente.

Una característica particular de la mayoría de los baúles es que tienen un diseño geométrico en la orilla frontal; todos los baúles que los autores han visto están decorados sólo en el panel frontal. Un rasgo que distingue los diseños de los diferentes carpinteros, es el número de figuras geométricas puestas a lo largo de la parte superior e inferior de los baúles. Uno al parecer ponía siempre nueve figuras por lo que las grecas que bajan por la parte central del panel se alinean con la quinta figura. Otro ponía diez, de tal manera que la figura central corta la quinta y sexta. También hay unos pocos baúles que no tienen figuras centrales.

La mayoría de las figuras geométricas están elaboradas de la misma madera que el baúl, con la única diferencia de que la incrustación se coloca en forma perpendicular al hilo de la madera, por eso refleja la luz de una manera diferente y se ve más oscura. El machihembrado de las uniones es muy complicado, pues la espiga, en vez de tener la típica forma rectangular, tiene un corte escalonado que sigue el sentido de la greca de tal manera que forma parte integral del diseño geométrico. En los baúles que han perdido parte de sus incrustaciones, se puede ver que el corte tiene una profundidad de más o menos un centímetro. En algunos casos, la base del corte es lisa y plana, y en otros es rústica.

La figuras incrustadas en la mayoría de los baúles están formadas por minúsculos círculos, cuadrados o medias lunas hechas de la misma madera del baúl o de otras; muchas son de guachipil (Diphysa robinioides Benth) (Martinez, 1979:381), madera de color amarillo, dura y resistente a los insectos, también utilizada en las vigas de las casas de Choapan.* Este trabajo debe haber exigido un gran esfuerzo, dadas las sencillas herramientas hechas a mano que empleaban los carpinteros.

No sabemos exactamente qué tipo de herramientas se utilizó para la fabricación de los baúles, ni de las hermosas chapas de hierro forjado a ellos adosadas. Las chapas son fácilmente vendibles y, por ello, probablemente desaparecieron mucho antes de que los baúles fueran vendidos a Quero o algún otro anticuario. Los baúles que aparecen en muchas fotografías muestran un simple parche de madera insertado donde originalmente pudo haber estado la chapa. Estas chapas sin excepción estaban descentradas, lo que prueba que eran del tipo colonial cuya aldabilla bajaba para entrar en la hembrilla a un lado de la chapa. Las bonitas chapas de hierro forjado que aparecen en los baúles de las fotografías probablemente en la mayoría de los casos son chapas que Quero encontró en las casas de antigüedades en Oaxaca.

En cuanto a las cajas, o baúles, nos dice Cervantes: "Lo importante en ellas eran sus herrajes forjados, calados y cincelados en forma maravillosa. Sus chapas, buscadas con tesón por comerciantes y coleccionistas, han salido una a una desde el centro de la población hasta los más apartados rincones del Estado, desde hace muchos años, diseminándose y exhibiéndose como motivos de decoración raros y valiosos. De ellos poco o casi nada queda. A tales cajas pertenecen las chapas, boca llaves, llamadores y demás herrajes que ilustran este bosquejo y que son, todos, ejemplares notabilísimos. Su origen oaxaqueño se ha comprobado minuciosamente (1950:VI).

Nuevamente, no estamos seguros del lugar de origen de las chapas de los baúles de Choapan; pudieron haber llegado de la ciudad de Oaxaca, si bien no han sido mencionados como objetos de intercambio comercial que los arrieros llevaran a la sierra. En tiempos prehispánicos, el hierro no se conocía; la herrería es una industria que llegó a México con los conquistadores españoles. En Oaxaca, casi desde la época de la fundación de la ciudad vivieron maestros herreros y cerrajeros, cuyos gremios se organizaron formalmente en el siglo XVIII. Podemos ver los resultados de su trabajo en las rejas y barandales de esa ciudad. Entre los numerosos trabajos de herrería se encuentran los de las "cajas de fandango" donde se guardaban los regalos de boda de significado especial.

También leemos que se hacían trabajos de herrería en Yalina, un poblado no lejos de Betaza que tenía considerable comunicación con Choapan. Desde 1850, una familia de ahí proveía artículos de hierro a la mayor parte de la zona de Villa Alta, así como partes de Choapan e Ixtlán en la región mixe. En ese tiempo, un herrero de la frontera norte de México se casó con una mujer de Yalina y se asentó ahí. Sus hijos, yernos y nietos continuaron trabajando la herrería. Hacía 1800 otro herrero empezó a trabajar en Villa Alta, y en 1925 todavía quedaban 10 herreros en ese lugar. En 1974 había 16 que vendían sus trabajos en Taba, Yalalag y Zoogocho, así como en Villa Alta (Lewis, 1974:123-126). En vista de todo lo anterior, existen varias posibilidades de dónde pudieron haber obtenido los carpinteros de Choapan las chapas y bisagras para sus baúles.

Cómo se realizaron los diseños es otro misterio; se observan ciertas formas repetidas que hacen pensar que se usaron plantillas para realizarlas. Pero ¿quién pudo haber ideado tan elaborados diseños? Además de las figuras geométricas, se observan leones rampantes, jaguares, venados, pájaros, un animalito que podría ser un ratón, macetas con flores y follaje. Algunas áreas están circunscritas por cuadros, rombos, círculos o formas semejantes a un escudo. En algunos baúles, se encuentra representada el águila bicéfala, usualmente en la parte central del panel. Un rasgo que sorprende es la gran cantidad de animales que presentan saliendo de la boca lo que parece ser la voluta de la palabra, utilizada en los antiguos códices para indicar que una persona está hablando.

Se sabe que muchos diseños tradicionales se inspiran en el simbolismo más que en la vida real, y en México encontramos muchos animales rampantes en los tejidos y los bordados, especialmente en el estado de Oaxaca (Jackson, 1996:28). Los indígenas seguramente vieron el águila bicéfala y el león rampante en documentos oficiales de España y tallados sobre las puertas de los edificios públicos. La primera simboliza la casa de los Habsburgo, reyes de España en el momento de la conquista, y el segundo aparecía en el escudo de armas de España. Es posible que, en vez de reproducir los pumas y jaguares que veían en la sierra, los artesanos hayan preferido plasmar en sus baúles estos animales -seguramente copiados de los españoles-, puesto que no es probable que alguna vez hayan visto un león africano con melena.

Parsons relata que a principios de los años 1930 conoció a dos itinerantes -fabricantes de santos, talladores y pintores- que viajaban por toda el valle de Oaxaca haciendo trabajos especiales y reparando objetos valiosos (1936:27). Es posible que en la zona de Choapan también hayan circulado artesanos especializados que crearon diseños que después fueran emulados por los carpinteros en sus incrustaciones.

Es una verdadera lástima que la historia de una auténtica obra de arte se pierda en las brumas del tiempo. Por eso, es el deseo de los autores que en el futuro se lleven a cabo estudios que aporten más información sobre la manufactura de los llamados "baúles de Choapan", de modo que un día encuentren repuesta las interrogantes que aquí han quedado sin contestar.

Muchos de los dueños actuales las han cortado, de manera que los baúles queden a una altura más adecuada al mobiliario moderno.

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