Wirhímutakwa Monumento purépecha para el ánima nueva

Catalina Rodríguez Lazcano

Subdirección de Etnografía, MNA

Los difuntos que fallecieron a partir de octubre del año anterior ocupan la atención y los esfuerzos de todos los pobladores de Angahuan (poblado purépecha), para la preparación y ofrecimiento de la wirhímutakwa en la casa y el panteón. Durante todo el primero de noviembre, en las casas de estos difuntos hay constante visita de personas que llegan a regalar velas, veladoras, flores, fruta, pan e incluso dinero en efectivo que la mujer más allegada guarda entre sus ropas. A cambio, reciben una porción de los nakatamales que varios grupos de mujeres preparan en la cocina y en el patio de la casa. Por otro lado, en el mismo patio, un grupo de hombres se reúne para armar la wirhímutakwa. A primera vista, este ambiente podría corresponder a un día de fiesta, sin embargo, todos los que llegan a regalar y los que acompañan con su trabajo lo hacen en actitud respetuosa en consideración al dolor que reina en la casa por la muerte del ser querido.

Wirhímutakwa

El elemento principal de la ofrenda con la que se recibe a las ánimas que regresan por primera vez a visitar a sus deudos es la wirhímutakwa, o el monumento, como le llaman los purépechas en español. Podría traducirse también como portada (wirhímutani poner portada, - kwa indicador de sustantivo), atendiendo a su forma y al hecho sugerente de que constituye el enlace o puerta de comunicación entre dos mundos: de los vivos y de las ánimas de los difuntos.

Consiste en una estructura compuesta de una mesa con tres orificios, dos para poner velas al frente y uno para colocar una cruz de madera. Sobre esta cruz y otros soportes auxiliares se amarran una varas de tejocote a las que previamente se les han dado formas arqueadas (de donde también se dice que viene su nombre: wirhíni, hacer ovillo). El arco se adorna con flores de sempasúchil (apátsekwa tsïtsíki), terciopelos entre las frutas e imágenes del santoral católico. En años recientes se ha comenzado a usar varillas de acero de las que normalmente son usadas en construcción, a fin de facilitar la elaboración del arco para que soporte el peso de las flores y frutas que se amarran.

Las ramas de tejocote son cortadas en el campo por el jefe de familia, o bien, las lleva algún pariente a manera de ayuda. Para el arreglo se llama a los que son conocidos por sus habilidades en estos menesteres, quienes lo hacen de manera solidaria. Los hombres que ayudan conversan, intercambian comentarios sobre la elaboración de la portada y beben licor mientras trabajan en el patio, bebida que corresponde llevar a los compadres de los padres de los difuntos.

Cuando se termina de armar el monumento, se llama al padrino de bautizo del difunto. Al parecer, el lazo que se construye entre padrino y ahijado, es el más fuerte de todos en el ceremonial de ánimas. En caso de que aquél ya haya fallecido, acudirá un hijo o alguno otro de sus descendientes a fungir como padrino. Él es el encargado de meter la wirhímutakwa a la habitación destinada para poner la ofrenda, llevar dos ceras de Castilla, colocarlas en los orificios de la mesa y encenderlas, mientras inicia el rezo. El monumento se acomoda junto a un petate, llamado “de medio” por su tamaño, que todo el mes ha permanecido en una mesa o una cama, en el que se encuentra extendida ropa y zapatos nuevos para el ánima, acompañados de algunos de sus objetos favoritos, juguetes en el caso de los niños o herramientas de trabajo en el caso de los adultos. No deben faltar imágenes religiosas, veladoras, dos mazorcas de maíz azul, un vaso de agua, un copalero y la fotografía del difunto. En el suelo por lo regular se riega winumo , como se le conoce en purépecha a la hoja del pino.

En otro petate se colocan los regalos que se reciben a lo largo de ese día. En orden se acomoda: pan, naranjas, guayabas, manzanas, plátanos, chayotes, chilacayotes, flores y velas.

En el camposanto

El sitio más concurrido el primero de noviembre es el panteón. Durante todo el día y parte de la noche la gente visita las tumbas de los familiares muertos hace varios años. En este trajín, los deudos de los “nuevos” preparan las tumbas para recibir la ofrenda el día siguiente. Las personas se van retirando del lugar, excepto los que cumplen un novenario. Cuando un individuo fallece, durante las nueve noches siguientes al entierro se hace una lumbrada en el panteón y los hombres de la familia allegados al difunto velan ahí. Llevan una grabadora para oír música y se entretienen tomando licor y platicando, no acostumbran rezar debido a que son sólo hombres. Se dice que esto no sólo tiene la finalidad de acompañar al familiar muerto, sino también evitar la profanación del sepulcro.

El dos de noviembre las familias que tienen monumentos en sus casas se organizan para trasladarlos al panteón. Antes se acostumbraba llevarlos a pie, en la actualidad se utilizan otros medios de transporte.

Sobre el piso de la caja se acomoda el petate con la ropa, la portada, los regalos se acomodan en chiquihuites, las flores en botes y cubetas. Ya en el panteón todo se descarga y se dispone sobre el túmulo con los chiquihuites a un lado para esperar la misa que se celebra en la capilla del propio camposanto.

La gente se reúne en la capilla y cerca de la una de la tarde se da inicio a la misa, acompañada de un coro de mujeres que cantan en español. Una vez que termina la misa, las personas regresan a las tumbas para distribuir las ofrendas de los chiquihuites; el pan, la fruta y los nakatamales entre los presentes, de manera que los regalos que se recibieron el día anterior son nuevamente distribuidos en una suerte de reciprocidad que en algún momento también deberá devolverse por otro bien u otra muestra de acompañamiento. Finalizado el ritual las familias regresan a sus casas con el consuelo de haber servido a las ánimas de sus difuntos recién fallecidos.

Estas son algunas de las manifestaciones que refuerzan la cultura regional, aunque cambie continuamente. Así, vemos que en la creencia antigua la gente moría porque en la noche de la víspera de San Andrés, por el camino a Corupo, se aparecía una carreta de fierro con calaveras y “alguien” se metía en las casas para quitar la cruz -en sentido figurado- y así señalar al que iba a morir. La persona señalada se sentía mal cuando le quitaban la cruz y no pasaba un año antes de que muriera. Hoy nadie atiende esas creencias; la divulgación general de información científica y tecnológica ha desterrado esas costumbres al ámbito de las cosas curiosas del “antes” y las estructuras que daban cohesión a los pueblos que se han transformado. Ahora, más que el temor al castigo divino, se da importancia a la sanción social para reforzar el entramado comunitario.

Es probable que la colocación del wirhímutakwa sea el cierre de la relación interpersonal para convertirse en lo sucesivo en una convivencia entre personas y ánimas, a las que se esperará y recibirá en su calidad de entidades sin necesidades físicas, pero por las que se rezará durante la celebración, no fiesta, de los fieles difuntos.

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    Wirhímutakwa
    Wirhímutakwa o monumento de flor, pan, fruta y chayotes, para el ánima nueva.
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    Wirhímutakwa
    Los asistentes en la inauguración atienden el rezo que se dedica a la ofrenda.
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    Wirhímutakwa
    Grupo musical “Santiago” de Angahuan, Michoacán, que tocó música tradicional durante la inauguración
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    Wirhímutakwa
    Una vez que se termina la wirhímutakwa se lanza un cuete y el padrino de bautizo la mete a la casa para que comience el rezo.
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    Wirhímutakwa
    Entre los elementos de la ofrenda se coloca un plato con atápakwa u otro guiso propio de ceremonias.
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    Wirhímutakwa
    Las tumbas de más de un año de antigüedad se adornan con sencillez.
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    Wirhímutakwa
    Ingreso a la sala Preclásico del Altiplano Central, en cuyo jardín se encuentran el solar purépecha y la ofrenda.
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    Wirhímutakwa
    Ofrenda para un difunto que se dedicaba a la música; de ahí la presencia de la guitarra, y el traje de manta.
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    Wirhímutakwa
    Ofrenda compuesta de tres partes que se van agregando en tres momentos: 24 de octubre, un petate con ropa; 1 de noviembre durante todo el día: petate con todos los dones llevados por parientes y vecinos; mismo día por la tarde: se completa la ofrenda con la wirhímutakwa.
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    Wirhímutakwa
    Wirhímutakwa dedicada al tatá José Perucho, pireri (cantante) de Angahuan, Michoacán. 
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    Wirhímutakwa
    Ofrenda dedicada a naná Margarita Rivera, artesana tejedora de telar de cintura de Angahuan, Mich.
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    Wirhímutakwa
    Orquesta "Santiago" ejecutando sones y abajeños durante la inauguración de la ofrenda. Es de resaltar que en la comunidad de Angahuan en los días de ánimas no es costumbre tocar música.
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    Wirhímutakwa
    Señora Beatriz Soto durante el rezo para dedicar las ofrendas.
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    Parte de la ofrenda para una mujer.
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    Wirhímutakwa
    Las camisas de mujer bordadas son algunos de los trabajos textiles que se elaboran en Angahuan.
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    Wirhímutakwa
    Adorno de tumba de más de un año.