Ngo Dü.El Rito de Muertos otomí en Cruz Blanca, Veracruz




Ngo Dü ―en otomí, rito de muertos― es una de las celebraciones fundamentales en el calendario ritual otomí, si no es que la más importante dentro de un ciclo de fiestas que tiene sus marcadores de apertura y clausura en el Carnaval y Día de Muertos, respectivamente. Este ciclo tiene sus devociones hacia el orden inferior reclamado por el “Malo” o el “Diablo”, Ar Zithu, evitado durante todos los demás ciclos rituales, incluso mantenido en el silencio. Sin embargo, esa otra mitad del mundo ―ya referida y trabajada por Jacques Galinier―, de carácter oscuro e infraterrestre, debe ser ofrendada y mantenida de la misma forma que su antítesis, la mitad superior y celeste, para posibilitar y garantizar la reproducción vital del mundo otomí: muertos ancestrales, aires y los Dueños de todo lo existente intervienen para favorecer la reproducción vital de los humanos.

La celebración otomí de Día de Muertos consta de varias fases y secuencias que son atendidas individualmente pero que sólo adquieren sentido al observarlas como un conjunto de fiestas dedicadas a una categoría mayor de “muertos”; de ahí se desprenden diversos estratos de “ancestros” que tienen sus oblaciones y ofrendas particulares.

El 18 de octubre ―día de San Lucas― marca el inicio de esa secuencia de festividades. Ese día se consagra sólo a las víctimas de muerte violenta: involucrados en balaceras, trifulcas o desastres naturales, todo lo ajeno a las muertes naturales. Aunque el retorno de esas víctimas es temido por la carga emocional y espiritual de su fallecimiento, se deben seguir ciertas obligaciones rituales que, sin amenazar la seguridad de los vivos al interior del hogar, satisfagan las necesidades de los ancestros que regresan. Por tanto, por seguridad y precaución de una contaminación, el altar se monta en una plataforma provisional frente a la entrada de las viviendas, una versión a pequeña escala del altar doméstico. En forma de arco y rematados por una cruz, los altares no tienen reservas en su contenido: se colman de alimentos y bebidas para que las almas satisfechas protejan la casa y a sus habitantes; regresan a su domicilio el 17 de octubre por la noche para irse el 18 de octubre a mediodía; los familiares y conocidos las esperan ansiosamente y entre ellos se reparten las ofrendas depositadas en el altar.

En noviembre la gran fiesta de Día de Muertos postula un compromiso familiar y comunitario con los ancestros, quienes deben ser honrados a cambio de su influencia positiva en la comunidad, alejando calamidades, desgracias e infortunios. Esta fiesta se divide en dos grandes momentos:

- De la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre a mediodía: los “angelitos”, es decir, los niños, se presentan en sus domicilios y permanecen ahí hasta la siguiente jornada.

- Del mediodía del 1 de noviembre hasta el 2 de noviembre por la noche: los adultos reemplazan a los “angelitos”, quienes se desvanecen. Esta fecha marca la salida de la visita de los ancestros y al mismo tiempo refuerza los lazos comunitarios mediante ofrendas y alimentos.

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    Habitantes de Cruz Blanca utilizan jonote para construir el arco del altar.
    Fotografía: Archivo Digital MNA. 
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    El bädi, sabio en otomí, es el encargado de disponer las ofrendas en el altar.
    Fotografía: Archivo Digital MNA.
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    El sahumador con copal es un elemento imprescindible en el altar de muertos.
    Fotografía: Archivo Digital MNA.
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    La comida para los difuntos se debe servir caliente para que se alimenten de sus aromas.
    Fotografía: Archivo Digital MNA.
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    Autoridades del MNA y el INALI participaron en la inauguración de la ofrenda.
    Fotografía: Archivo Digital MNA.
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    El altar se instaló dentro de una casa habitación con materiales similares a los que ocupan en Ixhuatlán de Madero.
    Fotografía: Archivo Digital MNA.
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    Habitantes de Cruz Blanca explicaron los elementos que conforman el altar y su significado.
    Fotografía: Archivo Digital MNA.
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    El trío de son huasteco interpreta sones especiales para la Celebración de Día de Muertos.
    Fotografía: Archivo Digital MNA.
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    Un altar fuera de la casa se construye para recibir a los difuntos que no tienen adonde llegar.
    Fotografía: Archivo Digital MNA.
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    El zacahuil es un platillo típico de la Huasteca y se sirve en celebraciones religiosas o fiestas.
    Fotografía: Archivo Digital MNA.

En esas fechas las puertas de las viviendas permanecen abiertas no sólo como invitación para que los difuntos se den un festín con las ofrendas, sino también para mostrar la suntuosidad de los altares. Las puertas de entrada de las viviendas se comunican a las calles de la comunidad mediante caminos confeccionados con flores, cáscaras de pipián y cáscara de cacao, una forma de guiar a los difuntos hacia su hogar. El altar tiene una base simple, una mesa pegada a una pared sobre la cual se añaden las ofrendas; el arco se confecciona con travesaños de tarro u otate (caña brava) cuyos amarres se aseguran con jonote. La decoración se realiza con palmilla sobre toda la estructura del arco y en la parte superior se colocan “soles” confeccionados con palma.

La ofrenda del altar es abundante y diversa, con algunos platillos que se elaboran exclusivamente durante esas fechas. Las mujeres de Ixhuatlán son las encargadas de llenar los altares con ilacas, tamales especiales cuya masa contiene ceniza y se cierran con papatla olorosa. Se preparan tamales de puerco y de especie, estos últimos fabricados con una mezcla de carne de puerco molida, clavo, pimienta, comino, ajo, cebolla y tomate, envueltos en hoja de totomaxtle o maíz (khãthme). Se cocina pollo en mole y pascal, dulce de calabaza de cahuayote y yucas enmieladas con piloncillo. Además, se colocan frutas diversas, como mandarina, naranja, plátano largo, plátano tabasco, plátano manzano, lima, manzana y cañas. También se incorporan bebidas, como chocolate, café, agua, refino, cerveza y refrescos diversos; las flores son indispensables, sobre todo las tradicionales flores de muertos (cempasúchil y manos de león), que se colocan entre las veladoras y fotografías de los difuntos, al igual que en la estructura del altar. Un elemento destacado de las ofrendas es el pan de muerto, ya sea en roscas o con formas antropomorfas o zoomorfas.

Las actividades domésticas de preparación de los alimentos se complementan con la visita al cementerio, una tarea comunitaria para embellecer el espacio de los difuntos. Podemos resumir que el 1 de noviembre se consagra a los rituales domésticos, es decir, a las visitas entre familias y a la colocación de los últimos detalles de las ofrendas en el altar. En cambio, el 2 de noviembre puede entenderse como la faceta comunitaria del ritual, ya que el epicentro de la celebración es el camposanto o cementerio, visitado desde horas tempranas para su aseo y adorno. Durante esta jornada, la familia visita las tumbas de sus difuntos entre música, ofrendas y oblaciones, los elementos que eran del mayor gusto del occiso. El día transcurre como una celebración multitudinaria en el cementerio que involucra los intercambios de comida continuos entre familiares, vecinos y compadres. El día siguiente, 3 de noviembre, se dedica a remover el contenido del altar y su estructura; las ofrendas que hayan sobrado se reparten durante los siguientes días.

La importancia que para las comunidades otomíes tiene la celebración de Día de Muertos radica en el hecho de que los muertos o ancestros participan activamente en la generación de la vida. Al entender el Día de Muertos como un ciclo temporal y espacial que vincula las fiestas de Carnaval con las celebraciones de noviembre, podemos identificar las exégesis otomíes que hacen de esos rituales más que fiestas aisladas. El retorno de los difuntos ―desde su morada, el cerro, al pueblo― en ambas fechas supone el intercambio y distribución de la fuerza vital, nzhaki, contenida en los muertos para la reproducción de los vivos. De ese modo podemos entender “el carácter imperativo de la alimentación ritual de los ancestros” (Galinier, 1990), evidente en la abundancia y compromiso de las comunidades otomíes en la satisfacción de los ancestros en los viajes de ida y vuelta que realizan durante el año hacia la comunidad, un proceso que refuerza el principio fundamental del cosmos, la circulación de energía vital.

Lourdes Báez
David Pérez
Santiago Bautista
Julio César Matías
Guadalupe Ramírez


Agradecemos la valiosa colaboración y el apoyo al INALI para el montaje de la Ofrenda. Así como a la comunidad y autoridades de Cruz Blanca y al municipio de Ixhuatlán de Madero, Veracruz.

Invitamos a todos al Patio central del Museo Nacional de Antropología a que sean testigos del montaje del altar de Día de Muertos por parte de integrantes de la comunidad de Cruz Blanca, municipio de Ixhuatlán de Madero, Veracruz, una representación irrepetible.