|
|
|
||
|
PALENQUE Hugo García Capistrán
Ubicación y configuración urbana
El sitio arqueológico de Palenque se ubica en la porción noroccidental de las Tierras Bajas mayas, en las faldas de la sierra de Chiapas, una zona de alto nivel de precipitación pluvial. Desde aquel lugar, los palencanos dominaban las planicies de Tabasco. Los antiguos pobladores llamaron a la ciudad Lakamha’, “Aguas grandes”, debido a las varias corrientes fluviales como el Murciélagos, el Otulum, el Picota y diversos manantiales. La ciudad fue construida sobre tres terrazas naturales, rodeadas por montañas y acantilados. La segunda de ellas, con una orientación este-oeste, alberga el área central de la ciudad y la mayor cantidad de estructuras. Este rasgo geográfico determinó el crecimiento de la ciudad, ya que no presenta un arreglo radial como en otros casos del área maya. Otro factor medioambiental que favoreció el crecimiento de Palenque fue la cercanía de una amplia franja de tierras de cultivo, donde las llanuras fértiles permitieron sostener a una considerable cantidad de población que se estima entre 8000 y 10000 personas. En su última etapa, Palenque ocupó una superficie de 200 hectáreas, con cerca de 1500 estructuras, la mayoría sólo visibles como montículos.
(Guillermo Aldana/Raíces)
El Palacio y el Templo de las Inscripciones vistos desde el juego de pelota
En cuanto a los sistemas de comunicación, la urbe contaba con al menos tres sacb’eo’ob’, “caminos blancos” que la conectaban con una región más amplia. Uno de ellos conecta con el área oeste, uno más con el este y el último cruza la planicie por el norte. Gracias a los nuevos datos arqueológicos, se sabe que Palenque tuvo una larga ocupación, que inició en el Preclásico tardío, alrededor del año 250 a.C. y terminó a finales del siglo IX d.C. La estructura arquitectónica del sitio sigue un patrón modular, compuesta por grupos similares en forma. Han sido registrados 32 conjuntos mayores. El área central abarca 8.5 ha y en ella fueron construidos los principales grupos y edificios: Grupo Norte, el Juego de Pelota, el Palacio, el Templo de las Inscripciones, el Templo de la Reina Roja, la Acrópolis Sur y el Grupo de las Cruces. Éste último asentado en un lugar cargado de sacralidad, ya que se encuentra a orillas del cerro El Mirador, llamado en época prehispánica Yehmal K’uk’ Lakam Witz, “Gran Montaña del Quetzal Descendente”, de donde nacen varios de los manantiales de la ciudad y que era la reproducción de la montaña sagrada.
(Guillermo Aldana/Raíces)
Vista general de El Palacio de Palenque
Las primeras exploraciones en Palenque, los viajeros y exploradores y el inicio de la arqueología científica en el sitio.
(Michael Calderwood/Raíces)
Edificio X, El Palacio y el Templo de las Inscripciones
Las exploraciones en Palenque iniciaron en el siglo XVIII. Comúnmente se ha asociado al Capitán Don Antonio del Río como el primero en visitar el sitio. Sin embargo, antes de él, hubo dos visitas conocidas. La atracción por conocer ciudades antiguas en los reinos de Nueva España surgió a partir del interés de los gobernantes asociados con la nueva ideología ilustrada que tanto peso estaba teniendo en Europa y en especial en España. Las Reformas Borbónicas fueron resultado de este pensamiento. Creadas con el objetivo de tener un mayor control administrativo en las colonias de ultramar, fueron impuestas en todos los territorios españoles en América. Las primeras referencias que se conocen de la antigua ciudad maya se las debemos al padre Antonio Solís, cura de Tumbalá, que fue nombrado sacerdote del pueblo de Santo Domingo de Palenque. El padre Solís llegó al pueblo acompañado por su familia, que al buscar terrenos propios para la agricultura hallaron, de manera fortuita, unas “casas de piedra” que correspondían al sitio arqueológico. Uno de los sobrinos de Solís, José de la Fuente Coronado, conoció la ciudad y comentó el hallazgo a su compañero de estudios, el futuro presbítero Ramón Ordoñez y Aguiar. Este hecho tuvo gran significado para Ramón Ordoñez, quien desde este momento guardó esperanzas de conocer la ciudad, lo cual nunca pudo realizar. Al crecer, comenzó a recopilar historias orales y datos dispersos acerca de Palenque. En su Descripción de la ciudad palencana apunta: “Me han asegurado que informado el Rey de que, en términos del pueblo de Palenque, que lo es de la Provincia de Tzendalez de este Obispado de Chiapa, se han descubierto ciertos edificios cuyas ruinas manifiestan serlo de una ciudad destruida y tan antigua, que la sucesión de muchos siglos había borrado la suya de la memoria de los hombres” (apud. De la Garza, 1981: 46). En 1773 Ordoñez envió a Esteban Gutiérrez de la Torre, Alcalde Mayor de Ciudad Real (hoy San Cristóbal de las Casas), a Nicolás Velasco, ex miembro de la caballería del mismo lugar y a su hermano José, con el objetivo de visitar la ciudad y recopilar informes que le permitieran al presbítero descubrir el origen de aquella ciudad y de sus fundadores. El resultado de la primera visita no es bien conocido, como tampoco la fecha en que se realizó. Con los datos obtenidos, Ordoñez despertó el interés de la Corona Española por las ruinas mayas. En 1783, el Brigadier José Estachería fue nombrado Presidente de la Audiencia, Gobernador y Capitán General de Guatemala. Estachería era un hombre de su época y estaba fuertemente influido por el pensamiento ilustrado que tanto auge tenía en España y en casi toda Europa a finales del siglo XVIII. Con esta nueva ideología hubo un resurgimiento por conocer más acerca de las antiguas culturas del mundo. Carlos III, rey de España, había fomentado investigaciones arqueológicas en Pompeya cuando fungía como soberano de Nápoles. La sed de conocimiento de culturas exóticas llevó a Estachería a promover una nueva visita a Palenque. Eligió a José Antonio Calderón, nacido en Santander, España, quien en esos momentos fungía como Teniente de Alcalde Mayor del Pueblo de Palenque, para que realizara la primera expedición oficial. La visita duró tres días, la cual debió ser suspendida a causa del clima lluvioso y quizá por cuestiones de salud de Calderón. En su informe a la Audiencia de Guatemala, firmado el 15 de diciembre de 1784, de forma muy breve, da cuenta de sus hallazgos: de cómo se abrió camino entre la maleza, de cómo encontró un “Palacio” que debió servir para la corte real y de las muchas figuras esculpidas que adornaban los edificios. Junto con el informe, Calderón entregó cuatro dibujos muy elementales de ciertas representaciones escultóricas, así como de la Torre del Palacio, la cual, según el bosquejo de Calderón, estaba techada. Este dato es curioso, pues en la siguiente expedición, este elemento arquitectónico será representado sin techumbre. Al no obtener toda la información que deseaba, Estachería comisionó una segunda expedición. Ésta fue encargada al italiano Antonio Bernasconi, quien en ese momento era el Arquitecto de las Reales Obras de la Nueva Guatemala de la Asunción. Con el fin de que el viaje rindiera los frutos deseados, Estachería entregó un instructivo a Bernasconi, el cual concentraba, ya en esa época, algunos de los puntos de la arqueología moderna. El instructivo contaba con 17 capítulos, basado en cinco objetivos: 1. Reconocer todo aquel objeto o edificio que pueda dar información de la antigüedad de la ciudad, la forma de gobierno y de la etnia a la que pertenecían sus habitantes. 2. Saber cuál fue la industria, comercio y medios de subsistencia de sus habitantes. 3. Cuáles fueron las causas de la caída y destrucción de la ciudad. 4. Saber la entidad y magnificencia de la ciudad. 5. Conocer los principios urbanísticos y de arquitectura que fueron desarrollados en Palenque para con ello, intentar conocer a sus habitantes. Bernasconi no debió durar mucho en campo, ya que el 25 de febrero inició sus trabajos y en menos de cuatro meses, el 13 de junio, firmó el informe enviado a Estachería. Junto con el texto también entregó una serie de dibujos y cortes de edificios, envió a Madrid un pequeño relieve que llegó al Museo de América de Madrid. Bernasconi no se aventuró a dar conclusiones acerca del origen de la antigua ciudad, pero fue uno de los pocos en decir que fueron los indígenas mayas quienes la edificaron. Los informes de las exploraciones llegaron hasta España, interesando mucho al Rey Carlos III, quien aprobó los esfuerzos del gobernador de Guatemala y ordenó nuevas expediciones. En 1787 Estachería comisionó al Capitán Antonio del Río para realizar una entrada más. Del Río estuvo acompañado por el dibujante Ricardo Almendáriz. Ambos llegaron al pueblo de Palenque el día 3 de mayo de 1787 y tres días después se trasladaron al sitio. Lo primero que notaron fue la gran dificultad que tendría su empresa, gracias a la gran cantidad de vegetación que había crecido desde la visita de Bernasconi. El 17 de mayo le fueron proporcionados 79 indígenas de Tumbalá con 48 hachas para realizar su trabajo. El 2 de junio terminaron de desbrozar el terreno. Del Río realizó varias excavaciones por todo el sitio. Lo anterior queda reflejado en la siguiente expresión del mismo Del Río: “Sin embargo, completé en esta parte cuanto se podía hacer no habiendo quedado ventana, ni puerta tapiada, ni cuarto, sala, corredor, patio, torre, adoratorio y subterráneo en que no se hayan hecho excavaciones de dos y más varas de profundidad, según lo exigía la circunstancia de la comisión y es el fin a que se dirige…”. Esto ha provocado varias críticas al trabajo de Del Río, pero tenemos que tomar en cuenta el contexto histórico en que realizó su expedición. El informe, firmado el 24 de junio de 1787 y entregado a Estachería quien mandó realizar copias del texto y de los dibujos, es minucioso en la descripción de edificios y objetos y contaba con 25 láminas de Almendáriz. Consideró a los indígenas los fundadores de la ciudad, pero influidos fuertemente por los romanos. A pesar de las críticas que se pueden hacer al trabajo de Del Río y de Almendáriz, no podemos dejar de reconocer la importancia de su expedición en el conocimiento de la antigua ciudad de Palenque y en la promoción de posteriores visitas por parte de otros viajeros. Pero antes hay que regresar a uno de los personajes más importantes en la historia de los estudios de Palenque, el presbítero Ordoñez y Aguiar. Mientras se realizaban las expediciones de Bernusconi y de Del Río, un grupo de eruditos e intelectuales guatemaltecos se reunieron para discutir sobre el origen de las ruinas y de los antiguos indígenas. El grupo estaba compuesto por el dominico fray Tomás Luis de la Roca, José Miguel de San Juan, el coronel Felipe Sesma, Pablo Félix Cabrera y, por supuesto, por el presbítero Ramón Ordoñez. Esta “academia científica” tuvo entre sus primeros intereses aclarar el misterio del sitio de Palenque. Don Ramón afirmaba tener en su posesión un pequeño libro llamado la Probanza de Votán, donde se revelaba el origen de los indos y sobre el que estos científicos basaron sus interpretaciones sobre el sitio arqueológico. Ordoñez y Aguiar publica un libro llamado Historia de la creación del cielo y de la tierra, considerado confuso y de difícil lectura el libro intenta desentrañar los misterios de los indígenas palencanos con base en interpretaciones fantasiosas de otros textos mayas como el Popol Vuh. Además de su interpretación sobre el origen de los habitantes de Palenque, los miembros del grupo de don Ramón también analizaron algunos monumentos del sitio, como el Tablero de Cruz en donde afirman se encuentra la representación de la ceiba de Nino, quinto nieto de Noé, hijo de Belo y rey de los asirios. Por su parte, el ave posada sobre la cruz es el símbolo de la navegación y afirman que en el relieve se representa la derrota de Cartago por los romanos (De la Garza, 1981: 54). Tanto las expediciones de Calderón, Bernusconi y Del Río, así como las infundadas interpretaciones del grupo de Ordoñez llevaron al rey Carlos IV a ordenar una nueva expedición a Palenque, ahora encomendada al exoficial de Dragones coronel Guillermo Dupaix. Dupaix era un hombre sencillo, bastante culto y amante de la verdad. Había leído suficiente sobre culturas antiguas como Egipto, Grecia y Roma, con las que comparaba, constantemente, sus descubrimientos en México. Tenía una clara visión de la labor arqueológica, ponderando la utilidad del dibujo de las piezas, como vehículo de preservación y estudio. Esto debió promover la elección del gran dibujante Luciano Castañeda, como acompañante en sus travesías. Un detallado estudio de las láminas de Almendáriz y de las de Castañeda deja ver que el último copió quince de los treinta dibujos de Almendáriz. Lo anterior es claro cuando se observan en los dibujos de Castañeda fragmentos que, previamente, habían sido removidos por Don Antonio del Río y enviados a España. Guillermo Dupaix realizó tres viajes. Uno en 1805, durante el cual visitó el Centro de México y Veracruz; el segundo fue en 1806, visitó el estado de Oaxaca y Puebla y el último, en 1807 cuando conoció Chiapas y el sitio arqueológico de Palenque. El tercer viaje, se inició el 4 de diciembre de 1807. Dupaix llegó a Ciudad Real, Chiapas transcurrido algunos días del año 1808. Visitó la ciudad de Palenque. En su obra, describe la arquitectura y la escultura en piedra y estuco. El texto de Dupaix fue publicado en dos ocasiones durante el siglo XIX. La primera como parte de la colección Antiquities of Mexico de Lord Kingsborough y la segunda realizada por Baradère. En ninguna de las dos se publicaron los dibujos de Castañeda. Posteriormente, en el siglo XX, José Alcina Franch encontró un manuscrito de Dupaix con los dibujos de Castañeda, conocido hoy como Manuscrito de Sevilla. El siguiente personaje en nuestra historia es el viajero, pintor y grabador nacido en Praga, Juan Federico Maximiliano, Barón de Waldeck. En 1822, cuando se encontraba en Londres, se le encargó, para la obra del Capitán del Río, realizar una serie de litografías que representaban las ruinas de Palenque y de la provincia de Chiapas. Como le parecieron inexactos los dibujos en los cuales se tenía que apoyar, decidió viajar hacia México en 1824, para comprobar él mismo su exactitud. Realizó trabajos como ingeniero hidráulico en unas minas de Michoacán. Exploró México durante doce años. En 1831 envió al gobierno mexicano un proyecto para realizar una “expedición científica” en los estados de Yucatán y Chiapas, con el objetivo de hacer descubrimientos de antigüedades. Ofrecía recorrer ambos estados en dos años, publicar una obra de su viaje con más de 200 litografías acompañadas con su texto. También se comprometía a sacar en moldes los bajo relieves de Palenque, en especial aquellos donde se creía se representaba “la adoración de la Santa Cruz”. Así mismo, se ofrecía realizar una exposición en París y Londres, con la promesa que al terminar, se devolverían las obras al Museo Nacional. El 12 de mayo de 1832 llegó a Palenque, donde permaneció durante dos años. En 1838 se publicó su obra Voyage pittoresque et archéológique dans la Province d’ Yucatán (Amérique Centrale), pendant les années 1834 et 1836, par Frédéric de Waldeck. La obra parece haber sido financiada por Lord Kingsborough y consta de 110 páginas, más diez de prólogo, ilustrada por un mapa y 22 láminas litografiadas según los dibujos del mismo Waldeck. Los trabajos de Waldeck, así como la edición de la obra del Río por Kingsborough permitió que la Europa del siglo XIX conociera Palenque y se interesara por el descubrimiento de las antiguas ruinas sumergidas en la selva tropical de Centroamérica. Años más tarde llegaron al sitio John L. Stephens y su dibujante Frederick Catherwood. John Lloyd Stephens nació en Shrewsbury, Nueva Yersey, el 28 de noviembre de 1805. Estudió la carrera de leyes en la Universidad de Columbia, donde se tituló en 1822. Durante algunos años ejerció su profesión, pero más tarde, cansado de ella, decidió realizar su primera expedición. En 1834 viajó hacia Europa Oriental y el Cercano Oriente, en donde se sintió atraído por los varios sitios arqueológicos de la región. De este viaje surgieron dos libros, donde narra los incidentes de su viaje, ambos ilustrados por el arquitecto y dibujante inglés Frederick Catherwood. Catherwood fue un dibujante, arquitecto y fotógrafo inglés, nacido el 27 de febrero de 1799. Realizó viajes por Grecia, Turquía, Egipto y Palestina. Fue la lectura de algunos informes acerca de la existencia de ruinas antiguas en América Central y en México, lo que los indujo a visitarlas y explorarlas. Palenque fue uno de sus focos de interés. Stephens y Catherwood partieron del puerto de Nueva York el 3 de octubre de 1839 con destino a Belice. Stephens llevaba consigo un nombramiento como agente especial extraordinario, encargado de una misión confidencial, otorgado por el mismo presidente de los Estados Unidos, Martin Van Buren. Tras su llegada viajaron inmediatamente hacia Honduras para visitar las ruinas de Copán. Luego fueron a Guatemala para ver y dibujar las magníficas estelas de Quiriguá y, posteriormente, fueron a Costa Rica, Nicaragua y San Salvador. Regresaron a Guatemala y por último entraron a territorio mexicano para visitar Chiapas, Campeche y Yucatán. Hacia el mes de mayo de 1840, Stephens y Catherwood, acompañados por un señor de apellido Powling y otro de nombre Juan, llegaron a la ciudad de Palenque. Inmediatamente se establecieron en los corredores de las casas del Palacio. Catherwood realizó dibujos del Palacio, de algunas de sus pilastras, del Templo de las Inscripciones, de pilares de este edificio decorados en estuco, así como de los tableros de los templos del Grupo de las Cruces, entre otros. Todos los dibujos contaban con la experiencia que había ganado en su estancia en Copán. El 28 de junio de 1841 salieron a la luz los dos tomos de libro Incidentes de viaje en América Central, Chiapas y Yucatán. En 1860 llegó a Palenque el viajero y fotógrafo francés Désiré Charnay. Permaneció nueve días en el sitio y fue el primero en realizar una expedición fotográfica en el área maya. Fue recibido y hospedado por el alcalde del pueblo don Agustín González. Frente a la casa del funcionario, había otra donde el propietario tenía los relieves con la imagen de K’an B’ahlam y del Dios L que pertenecen al Templo de la Cruz. Charnay encontró una ciudad envuelta en densa vegetación que complicaría su trabajo fotográfico. Describió el panel central del Tablero del Templo de la Cruz, el cual, según apunta Charnay, había sido removido de su lugar original con la intención de llevarlo a la casa de una mujer adinerada en el pueblo de Palenque. Sin embargo, las autoridades del pueblo se opusieron a su traslado, provocando su abandono en la selva, donde fue admirada y fotografiada por este viajero. Como el monumento se encontraba cubierto de musgo se debió “frotarla con cepillo, lavarla y pararla en un árbol” para así poder fotografiarla. En 1881 regresó a Palenque, donde estuvo poco más de un mes. Hizo nuevas fotografías y moldes de los relieves, pero el 26 de enero su trabajo fue destruido por el fuego. A finales de febrero culminó su tarea. Fotografió los relieves de Kan B’ahlam y el Dios L del Tempo de la Cruz que, como ya se comentó, se encontraban empotradas en la casa de un habitante del pueblo de Palenque. Tras los trabajos realizados por Charnay, llegó el arqueólogo inglés Alfred P. Maudslay, con quien iniciaron los trabajos científicos en el sitio. Llegó a Palenque el 1º de febrero de 1890 y se quedó hasta el 12 de mayo. Inició sus trabajos con tan solo seis ayudantes, número que fluctuó a lo largo de su temporada de campo. Realizó moldes de las inscripciones, al parecer los primeros que hace son los del Complejo de la Cruz, tarea que le llevó casi tres semanas. Cuando habla del Templo de la Cruz afirma que los relieves que decoraban los muros del pequeño santuario, que anteriormente se encontraban en una casa del pueblo, ahora se podían observar en los muros de la iglesia. Por su parte, de los tres paneles que forma el Tablero de la Cruz, sólo uno se encontraba en su lugar, el que corresponde al lado izquierdo. El central había sido enviado al Museo Nacional en la Ciudad de México y el de la derecha se encontraba en el Museo Nacional de Washington. En 1842, Charles Russel, cónsul norteamericano, envió fragmentado el panel derecho a Washington D.C., para que formara parte de las colecciones del National Institute for the Promotion of Science. En 1858 el panel fue llevado al Smithsonian Institute. El panel central se trasladó a la ciudad de México alrededor de 1883, pues en 1884 aparece mencionado en los archivos del museo y fue registrado por primera vez en el catálogo de objetos del Museo Arqueológico Nacional de 1897. En 1908, gracias a las gestiones de Justo Sierra, ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes del gobierno porfiriano, el panel que se encontraba en Washington fue enviado a la Ciudad de México. Un año después, en una visita realizada al sitio arqueológico, Justo Sierra junto con el arqueólogo Leopoldo Batres deciden retirar el último panel que quedaba in situ para llevarlo al Museo Nacional y tener el conjunto completo. El Tablero fue expuesto en el Salón de Monolitos del Museo Nacional en la Calle de Moneda. A inicios del siglo XX llegó el viajero danés Frans Blom quien trazó mapas del centro de la ciudad y de otras áreas menos conocidas. A mediados de siglo, en 1949 inician los trabajos del INAH bajo la dirección del arqueólogo mexicano Alberto Ruz Lhuillier, quien, entre muchos de sus trabajos, realizó uno de los más grandes hallazgos de la arqueología mexicana: la tumba del rey K’ihnich Janaab’ Pakal. Posteriormente se realizaron trabajos a cargo de Jorge Acosta y más recientemente por parte de Arnoldo González Cruz, entre otros varios arqueólogos quienes también han hecho grandes descubrimientos como los tableros de los templos XXI y XIX, así como la recientemente abierta tumba temprana del Templo XX.
Fundación de la ciudad y dinastía de B’aakel Como ya se mencionó, existen evidencias arqueológicas de que el sitio presenta ocupación significativa desde el Preclásico tardío. Los textos jeroglíficos remontan el origen de la dinastía palencana, antiguamente llamada B’aakel, hasta tiempos mitológicos, otorgando una mayor legitimidad a los gobernantes divinos. El primer gobernante histórico de la dinastía fue K’uk’ B’ahlam I, quien llegó al poder a inicios del siglo IV a.C. Sin embargo, él no residía en Lakamha’, sino en un sitio llamado Tok Tahn, cuya ubicación se desconoce hasta ahora. La dinastía llegó a Lakamha’ dirigida por el tercer gobernante B’utz’aj Sak Chiihk acompañado por su hermano, quien llevaría el nombre regio de Ahku’l Mo’ Naahb’ I. Los siguientes tres gobernantes: K’an Joy Chitam I, Ahku’l Mo’ Naahb’ II y Kan B’ahlam I consolidaron la ciudad como el señorío dominante de la región. Tras el gobierno de 11 años de Kan B’ahlam I, llegó al trono una mujer llamada Ix Yo’hl Ik’nal, una de las primeras y pocas soberanas de las Tierras Bajas mayas durante el periodo Clásico. La llegada de una mujer al trono de Palenque fue una circunstancia inusual, ya que con ella se rompe el régimen patrilineal de sucesión. Fue durante su gobierno que Palenque, aparentemente, sufre una importante derrota militar ante la dinastía Kaanu’l, la cual se encontraba asentada en el sitio de Dzibanché, en el sur de Quintana Roo. La escalinata jeroglífica del Palacio registra este suceso, ocurrido quizá en el año 599 d.C. Hay que destacar el recurso retórico de la inscripción, al justificar la derrota como designio de los dioses patronos de la ciudad. Tras la muerte de Ix Yo’hl Ik’nal, en el año 604 d.C., llega al poder Ajen Yo’hl Mat quien, a finales de su gobierno, en 611 d.C., sufre una nueva derrota militar a manos de los ejércitos de la dinastía Kaanu’l. Ambas derrotas indican que Palenque había adquirido cierta importancia dentro del ámbito geopolítico de las Tierras Bajas mayas. Es justo en esta época turbulenta cuando nació uno de los personajes más importantes del reino de Palenque, K’ihnich Janaab’ Pakal. El siguiente gobernante registrado fue Muwaan Mat, quien retoma su nombre del dios progenitor de la Tríada de dioses patronos de la ciudad. En 615 d.C., tres años después de la muerte de Muwaan Mat, llegó al poder K’ihnich Janaab’ Pakal, posiblemente su madre, Sak K’uk’ fungió como regente durante esos tres años, hasta que su hijo tuviera la edad suficiente de gobernar. Pakal fue ungido como gobernante a los 12 años de edad y durante su largo gobierno, logró que Palenque recuperara su esplendor. Sus sucesores, dos de sus hijos K’ihnich Kan B’ahlam y K’ihnich K’an Joy Chitam, así como su nieto K’ihnich Ahku’l Mo’ Naahb’ continuaron con su labor, consolidando a Palenque como una gran ciudad. Los registros escritos hablan de dos últimos gobernantes: Upakal K’ihnich Janaab’ Pakal y K’ihnich K’uk’ B’ahlam, lo que podría indicar que la dinastía y poder de Palenque duraron hasta finales del siglo VIII y principios del siglo IX.
Referencias:
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| Última actualización el Jueves, 22 de Noviembre de 2012 20:52 | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||





Ediciones mna 






